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Una rosa sin espinas

 
La amabilidad es un lenguaje que el mudo puede hablar y el sordo puede escuchar y comprender.
 
Un joven que llevaba un estuche de guitarra abordó el autobús escolar vespertino en Maple Street. Obviamente incómodo, encontró un asiento, paró la guitarra a su lado en el pasillo y la sostuvo con el brazo. Miró alrededor con ansiedad, dejó caer la cabeza y comenzó a columpiar los pies hacia atrás y hacia adelante, arrastrándolos en el piso del autobús.
Melanie lo observó. No sabía quién era, pero por su aspecto consideró que debía ser un verdadero perdedor.
Kathy, la amiga de Melanie, separó la vista de su libro:
"¿No lo conoces? De nuevo el loco Carl".
"¿Quién es el loco Carl?", preguntó Melanie, sacudiendo su cabello rubio.
"¿No conoces a tu vecino de al lado?"
"¿Vecino de al lado? Los Belí se mudaron a esa casa. Los conocimos el día que salimos de vacaciones en primavera".
"Bueno, ese es su nombre, Carl Belí".
El autobús avanzó bajo los grandes árboles a lo largo de Elm Street. Kathy y Melanie miraron al recién llegado y su gran estuche de guitarra.
Cuando el conductor gritó "Sycamore", el muchacho levantó su estuche con dificultad y descendió. También era la parada de Melanie, pero ella no se movió. Cuando el autobús arrancó de nuevo, tocó el timbre para la siguiente parada.
"Nos vemos, Kathy". Melanie se despidió. Corrió a casa, subió la escalera, pasó por la puerta principal y gritó:
"Mamá, ¿vive ese loco aquí junto?"
"Melanie", respondió la madre saliendo al pasillo desde la cocina. "No debes referirte a nadie como un loco. Sí, los Belí tienen un hijo minusválido. Esta mañana llamé a la señora Beil y me platicó sobre Carl. Nunca ha sido capaz de hablar. Padece un defecto congénito en el corazón y un trastorno nervioso. Ya le encontraron un tutor privado y está tomando lecciones de guitarra para ayudarle a mejorar su coordinación".
"¡Al demonio! ¡Justo el vecino!", exclamó Melanie. -"Es un muchacho tímido. Tienes que ser amistosa. Sólo salúdalo cuando lo veas
"Pero viaja en el autobús de la escuela y los muchachos se burlan de él".
"Tú no lo vayas a hacer", le advirtió su madre.
Pasó una semana y Carl abordó de nuevo el autobús.  Melanie pensó que él la había reconocido y lo saludó de mala gana. Algunos muchachos murmuraron y bromearon. Pronto empezaron a volar papeles ensalivados.
"Tranquilos"', gritó él conductor. Carl arrastraba los pies. Cada vez que un papel ensalivado le pegaba, se sacudía con brusquedad. Cuando su guitarra cayó al suelo, el conductor los conminó de nuevo a que se sentaran, esta vez con un tono de advertencia. El ambiente se calmó un poco pero la diversión no cesó. Los muchachos sentados atrás de Carl empezaron a soplarle en la cabeza, con lo que le levantaban el cabello, cosa que consideraron bastante divertida.
Cuando la calle Sycamore apareció a la vista, Carl saltó de su asiento, tocó el timbre, colocó la correa de su guitarra sobre su hombro y se dirigió a la puerta. El estuche de la guitarra resbaló y golpeó a Chuck Wilson en el cuello.
Carl se apresuró hacia la puerta con el estuche todavía atravesado en el pasillo. Cuando Chuck lo alcanzó y le lanzó un golpe, la correa se zafó y el estuche resbaló por los escalones hacia la calle. Carl bajó a tropezones del autobús y corrió calle abajo, dejando la guitarra en el suelo.
"Nunca me volveré a bajar ahí", aseguró Melanie a Kathy, permaneciendo pegada a su asiento. Una vez más esperó hasta la siguiente esquina para descender, luego regresó hasta Sycamore. El estuche abierto permanecía tirado en el piso, pasó a un lado de él y siguió rumbo a su casa. ¡Qué carácter!, pensó. ¿ Qué hice para tenerlo de vecino?
Melanie llevaba media calle recorrida cuando su conciencia la perturbó por haber dejado la guitarra de Carl donde cualquiera se la podía llevar, así que regresó para recogerla. Tanto el asa como la correa del estuche estaban rotas, así que tuvo que cargarla junto con sus libros. ¿ Por qué estoy haciendo esto?, se preguntó. Entonces recordó lo terrible que fue cuando todos se rieron de él.
La señora Belí abrió la puerta antes de que Melanie intentara tocar.
"¡Melanie, me da gusto verte! ¿Qué pasó? Carl estaba tan molesto que se fue directo a su recámara", indicó, colocando el estuche sobre una silla.
"Sólo fue un pequeño accidente", Melanie no quiso alarmarla con la historia completa. "Carl dejó su guitarra, pensé que debía traérsela".
Después de eso, Carl no se volvió a subir al autobús. Sus padres lo llevaron y recogieron de sus clases de guitarra, Melanie sólo lo veía cuando él trabajaba en su jardín de rosas.
La vida pudo ser más tranquila, pero los niños lo siguieron molestando. Merodeaban por su jardín, le lanzaban bellotas y cantaban: "Loco Carl, el rey del banjo, toma lecciones de música y no puede tocar nada".
Un día caluroso, mientras Carl descansaba en el pasto tomando un refresco, los niños llegaron y comenzaron su canto. Melanie se asomó por la ventana justo en el momento en que la botella de refresco se estrellaba en la acera a los pies de los intrusos.
"¿Supiste", le preguntó Kathy al día siguiente en la escuela, "que el Loco Carl cortó a los niños con una botella rota?"
"No me extraña", contesté Melanie, "para como lo molestan".
"¿De qué lado estás?", respingó Kathy.
"Yo no estoy del lado de nadie, pero yo los escuché molestándolo".
"Seguro que ustedes dos se toman de las manos sobre el césped", declaró Kathy con sarcasmo.
A mediodía, en la fila de la cafetería, una compañera de clases molestó a Melar,ie: "Si vas a invitar al Loco Carl para que te acompañe al banquete, me dará gusto acompañar a Jim".
Antes de que terminara el día, alguien escribió en el pizarrón: "Melanie ama al Loco Carl".
Melanie logró mantener la serenidad lo suficiente como para llegar a casa, pero estando ahí, corrió a la puerta y rompió en lágrimas.
"Mamá, te dije que era el infierno tener a un loco al lado, lo odio", protestó y le relató a su madre lo sucedido en la escuela. "Duele cuando tus amigos te voltean la espalda", exclamó Melanie, "¡y por nada!"
Entonces expresó algo que no había considerado antes:
"Carl debe haber llorado muchas veces "Estoy segura", aseveró su mamá.
¿Por qué siento desprecio por Carl?, se preguntó. O quizá no, tal vez sólo pienso que debo despreciarlo porque todos los demás lo hacen.
"A veces, mamá, no me ocupo de pensar por mi misma", Melanie se secó los ojos. "Jim va a venir, me tengo que lavar el cabello", y corrió hacia arriba.
El ultimo día de clases Melanie llegó a casa temprano. Carl estaba en su jardín de rosas. Cuando la vio, cortó una rosa y fue a la reja a esperarla. Melanie lo saludó con
 
su "hola" habitual. Él le extendió la rosa, pero cuando ella la quiso alcanzar, él levantó su otra mano para detenerla y empezó a desprenderle las espinas, se picó el dedo, frunció la frente un momento, se limpió la sangre en la manga de su camisa y siguió desprendiendo las espinas.
Esa noche era el banquete y Melanie quería llegar a casa para asegurarse de que su ropa estuviera lista, pero se detuvo y esperó hasta que Carl le dio la rosa sin espinas.
"Gracias, CarL Ahora no me espmaré los dedos", manifestó haciendo un esfuerzo por interpretar sus pensamientos. Conmovida por su sonrisa de niño, le acarició la mejilla, le dio de nuevo las gracias y caminó hacia su casa. Ya en la puerta volvió la vista. Carl seguía ahí de pie, con la mano en la mejilla que le acababa de tocar.
Una semana después Carl murió de un ataque cardiaco congestivo. Después del funeral, los Belí se alejaron por algún tiempo.
Un día llegó una carta de la señora Belí. Habla una nota especial para Melanie.